Escrito por Maritza Zambrano Huailla. Estudiante de la maestría de Estudios de Género en la PUCP. Interesada en temas relacionados con la maternidad. Voluntaria del área de Publicaciones de Ser Valiente en Red.
Las elecciones del pasado mes de julio marcaron un rumbo sin precedentes. Lo ajustado de la elección presidencial, que dio por ganadora a Keiko Fujimori, ocasionó una serie de emociones, entre las que figuraba el sentimiento de derrota. La victoria de una mujer que lidera una organización política que ha sido históricamente vinculada a diversas investigaciones por corrupción ocasionó un escenario sumamente desesperanzador.
Había ganado una mujer que representaba a un sector poblacional negacionista de los delitos de lesa humanidad ejecutados por el dictador Fujimori en los noventa, pero también había llegado al poder aquella clase “política”, si se puede llamar así, que mantenía relaciones con cuestionables personajes vinculados a procesos delictivos. Su ascenso al poder, valgan verdades, representaba la consumación de una actitud indolente que reflejaba cómo se había renunciado a nuevas formas de concebir la política y la vida digna.
Del sentimiento de derrota a la politización del malestar
En este panorama, se podía observar cómo en nuestras redes sociales abundaban una serie de publicaciones vinculadas con el sentimiento de derrota, la desesperanza y el dolor de haber olvidado aquel pasado histórico que tanto se pretendía no repetir. En este contexto, cabe preguntarse: ¿qué hacer con ese malestar, ese sentimiento de fracaso que nos deja la coyuntura política? Desde una sociedad acostumbrada a invisibilizar el malestar de una existencia que siempre exige de sus individuos lo imposible, resulta imprescindible auscultar ese síntoma que emerge como derrota. Y es que nos encontramos inmersos en una realidad operada bajo una racionalidad neoliberal que no solo modifica nuestras actitudes, sino también nuestras creencias, deseos y afectos.
Ahí, donde sentimos que hemos perdido las riendas de un país, resulta más necesario aún diseñar nuevas propuestas de existencia, nuevas formas de oposición ante un gobierno cruel con el dolor del otro y regodeante con la impunidad al que sus facciones le permite gozar. En esto que Lucía Gómez denomina “disputa cultural en torno a la buena vida”, es necesario proponer otros imaginarios, nuevos horizontes emancipatorios y nuevas formas de concebir un gobierno que enfrente la corrupción de raíz.
Desde esa mirada, el sentimiento de fracaso electoral no debe ser invisibilizado como un problema individual, sino como la expresión de un malestar colectivo al que el discurso hegemónico sobre la vida no puede responder. Tal como señalaba Lucía Gómez, resulta prioritario escuchar y legitimar aquello que resuena internamente. Posterior a la contienda electoral, el sentimiento de desfallecimiento refleja la imposibilidad de un futuro y el retorno a un oscuro pasado que pretendíamos no repetir. En este aprender a politizar el malestar se encontraría no solo una lectura que permitiese reconocer el deseo colectivo que aspira a una realidad mejor, sino también la vulnerabilidad negada del ejercicio del activismo político.
El malestar desde lo colectivo
El sentimiento de derrota, desde esta línea, puede entenderse como un proceso natural que refleja no solo la vulnerabilidad de quien asume el activismo político, sino también la necesidad de acompañarnos en este camino. Porque la incertidumbre del escenario en el que nos encontramos es ahora la nueva realidad que debemos asumir, y esta no puede enfrentarse invisibilizando la indignación y la frustración que generan los resultados. Legitimar esos sentimientos resulta, entonces, una forma de reivindicar los años de lucha por conservar la memoria histórica de un país al que una facción pretende tergiversar para su conveniencia.
Gómez, L. (4 de mayo de 2022). Vida neoliberal y disputa cultural: otras cartografías políticas. Pikara Magazine. https://www.pikaramagazine.com/2022/05/vida-neoliberal-y-disputa-cultural-otras-cartografias-politicas/