¿Realmente esta soy yo? ¿Me mirarán igual si me ven en persona? ¿Por qué no puedo verme así? Estas pueden ser algunas preguntas que te hiciste al usar filtros de belleza en plataformas como TikTok, Instagram o Snapchat. De hecho, no está mal usar los filtros como un recurso ocasional para retocar una foto, pero sí cuando se vuelve indispensable para sentirnos cómodas al mostrarnos en internet, condicionando la manera en que percibimos nuestro propio cuerpo.
Al abrir las redes sociales, podemos encontrar filtros que modifican nuestra apariencia adaptándola a un modelo estético: te pueden aclarar la piel, afinar la nariz, agrandar los labios o simplemente hacerte ver sin ninguna imperfección. Últimamente muchas usuarias se vieron influenciadas en utilizar un filtro de moda llamado “líneas faciales” en TikTok, ya que, al modificar varios rasgos faciales, simulaba tener la cara “perfecta”. De esta manera, estamos imitando características faciales hegemónicas usando filtros y mostrándonos en las redes con un rostro “perfecto”. Esto deja de ser un juego inocente y se convierte en una herramienta que nos vuelve parte del sistema que busca controlar y uniformizar el cuerpo de las mujeres.
Aunque pueden ser utilizados por cualquier persona, la mayoría de filtros de belleza responden a estándares estéticos que históricamente han recaído con mayor fuerza sobre las mujeres; basándose en patrones influenciados por países Occidentales y, más recientemente, por tendencias provenientes de las industrias culturales de Asia Oriental. Estos filtros perpetúan estándares racistas y patriarcales, pues las plataformas suelen otorgar mayor alcance a las imágenes que se ajustan a ciertos ideales de belleza, en tanto que los “me gusta” y los comentarios refuerzan la percepción de que esa apariencia es la más deseable. Por ello, genera satisfacción o nos sentimos complacidas al subir una foto a redes y recibir elogios de desconocidos, aunque se trate de una fotografía editada y sea una versión mejorada la que estamos intentando mostrar en nuestros perfiles. Pese a que el internet suele presentarse como un espacio para la diversidad y la libre expresión, estas dinámicas terminan homogeneizando la manera en que nos mostramos, imponiendo una “belleza única” y predominando la búsqueda de validación e influencia de quienes nos ven a través de la pantalla.
Tengamos presente que la máquina es una reencarnación de nosotros mismos dentro de la tecnología. Esta misma nació con el fin de librarnos del determinismo biológico al hacernos independientes para expresar nuestra identidad. Cuando Donna Haraway (1985) termina su ensayo diciendo “prefiero ser un cyborg que una diosa”, nos invita a explorar el plano digital, desprendiéndonos de los típicos mitos de la belleza y los roles al decir “una diosa” y darnos el poder de reinventarnos al mostrar nuestra identidad libre y mixta al considerarse “un cíborg”, teniendo en cuenta que esta palabra es un híbrido de humano-máquina. Sin embargo, cuando empezamos a depender de los filtros de belleza para postear, nos encadenan a una tendencia de sumisión para agradar al resto, limitando nuestra diversidad y autonomía.
Seguramente al usar algunos filtros también sentiste un poco más de seguridad o te ayudó a tener una mejor autoestima, algunos cambios por cómo te ves en la selfi generan en ti una necesidad por cambiar físicamente. ¡No lo hagas! Esto se llama dismorfia digital, por querer cambiar rasgos faciales al no sentirte conforme por cómo te ves frente al espejo y lo comparas por cómo te ves en tu foto de Snapchat o Instagram. En este contexto, distintas industrias como la estética, la cosmética o algunos procedimientos médicos encuentran oportunidades de negocio en la creciente insatisfacción corporal de las mujeres a partir de la inseguridad a través del filtro, reteniendo su atención en la pantalla y monetizando su baja autoestima.
Frente a esta situación nos toca hackear el algoritmo. Una manera de hacerlo es aceptando la diversidad existente y consumiendo contenido sano de creadoras de contenido que se expresan de manera libre, artística y cuestionan los estándares de belleza impuestos por la sociedad. Expresarnos tal y como somos nos hace únicas; mostrar nuestras diferencias es una forma de resistencia ciberfeminista.
La verdadera libertad digital al habitar dentro del internet está en convivir de manera auténtica, imperfecta y quitando la máscara que imponen los filtros de belleza para recuperar la soberanía de nuestros propios rostros y fortalecer nuestra identidad.